El general rompe su silencio
POR JORGE RAMOS
Columnista sindicado
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05/16/08. El general Ricardo
Sánchez, ex comandante de la coalición
de fuerzas en Irak, se había quedado callado
por casi año y medio, desde que fue obligado
a presentar su renuncia al ejército de Estados
Unidos en 2006. Con sus tres estrellas, era el hispano
de más alto rango de las fuerzas armadas. Ya
no lo es. Pero no podía irse sin decir todo lo
que sabía. Y lo hizo en su libro “Wiser
in Battle” (Más sabio en la batalla).
“El valor que, espero, tenga este libro es enseñarles
a nuestros líderes los problemas que tuvimos
en Irak”, me dijo en una entrevista en español.
Con un poquito de acento, cierto, y pensando qué
palabras usar, pero su mensaje es inequívoco.
Desde un principio queda claro que Sánchez considera
que la guerra en Irak fue un error y que ese país
no tuvo nada que ver con los actos terroristas del 11
de septiembre del 2001.
“Nada fue cierto”, escribe en su libro.
“Irak no tenía vínculos con Al Qaeda,
no tenía un programa de armas nucleares, químicas
o biológicas. Yo estuve en Irak y yo lo sé.
Nunca encontramos nada”.
Si el general sabía esto, entonces ¿por
qué acepta ser el comandante de la coalición
de fuerzas en Irak? le pregunté.
“Cuando nuestros civiles, los políticos
de la nación, dan las órdenes, los militares
tienen que obedecer”, me contestó. “Si
las órdenes son legales y no son inmorales, entonces
uno tiene la obligación de obedecer”.
Sánchez considera que la declaración de
“misión cumplida” hecha por el presidente
George Bush el 1 de mayo del 2003 “es el error
estratégico más grande de esta guerra”.
Añade: “Lo que ocurre es que todo Washington,
los militares y políticos abandonan la misión...
y después nos tardamos como seis ó siete
meses para convencer a todos los líderes en Washington
de que esta guerra no se acababa”.
En su libro, que aún no se publica en español,
el general dice que “hay evidencia irrefutable
de que Estados Unidos estaba torturando y matando a
prisioneros en Afganistán”.
Pero ¿qué pasaba en Irak?
Sánchez estaba al frente de las fuerzas armadas
de Estados Unidos en Irak cuando se dieron a conocer
en 2004 las ahora ya famosas fotografías de la
cárcel de Abu Ghraib. Ahí, soldados norteamericanos
aparecen humillando y abusando de prisioneros iraquíes.
“¿Usted nunca se dio cuenta de esto, general?”
le pregunté.
“Me di cuenta de eso en enero de 2004”,
me dijo, después de que las fotografías
fueron a dar al escritorio de un militar en Irak. “Pero
no hay ninguna justificación”.
“¿No pudo haberlo evitado?”, le pregunté
luego.”Bueno”, respondió, “es
que son tres diferentes organizaciones que están
operando”, respondió.
Y Sánchez sólo estaba a cargo de las Fuerzas
Convencionales, no de la CIA ni del equipo de Operaciones
Especiales. Nueve militares de bajo rango fueron acusados
y sentenciados por lo ocurrido en la cárcel de
Abu Ghraib, y el Gobierno presentó el asunto
como un caso aislado.
En octubre de 2003 Sánchez envió un memorándum
en que autorizaba ciertas técnicas para interrogar
prisioneros. Pero asegura que él jamás
autorizó ningún tipo de abuso.
“¿Usted autorizó que soldados norteamericanos
torturaran prisioneros en Irak?” le pregunté.
“No, absolutamente, no”, contestó,
“... si se hubieran aplicado estas técnicas,
o estas direcciones y procedimientos que promulgamos
en estos documentos, no hubieran ocurrido estos abusos”.
Si Abu Ghraib fue el momento más difícil
de Sánchez en Irak, el de mayor éxito
fue la captura de Saddam Hussein el 13 de diciembre
del 2003.
“Saddam Hussein se captura después que
uno de sus agentes es interrogado por las fuerzas especiales”,
recuerda, y un soldado “encuentra el pozo donde
está Saddam”.
Mientras Sánchez estuvo al frente de las fuerzas
norteamericanas y de la coalición internacional
en Irak, del 14 de junio del 2003 al primero de julio
del 2004, murieron, según su propia cuenta, 813
soldados y más de 7,000 resultaron heridos.
“Es algo que llevo conmigo y que llevaré
conmigo hasta que yo muera”, dijo.
Sánchez cuenta que él quería seguir
en el ejército, pero no lo dejaron.
“Todos ustedes me han traicionado”, escribe
en su libro. Y cuando le pregunté quiénes
específicamente, no me quiso dar nombres, sólo
dijo “pues son los líderes civiles”.
Donald Rumsfeld era entonces el secretario de Defensa.
“Regresaría en este momento (al ejército)
si me dieran la oportunidad”, me dijo el general
antes de despedirse. Pero no se la han dado. Vive actualmente
en el sur de Texas con su esposa María Elena.
Sin embargo, ya no se siente obligado a quedarse callado.
“Si la historia no se escribe como se llevó
a cabo en Irak”, me dijo, “entonces estamos
condenados a volver a hacer esos mismos errores”.
Jorge Ramos es ganador del premio
Emmy, autor de seis libros y conductor
del Noticiero Univision. |
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