La ciudad de los muertos
POR JORGE RAMOS
Columnista sindicado
CIUDAD JUAREZ Llegué
pocas horas después de que mataran al jefe de
la policía. Juan Antonio Román García,
el director de la Secretaría de Seguridad Pública
Municipal, fue asesinado frente a su casa en la madrugada
de un sábado. No habían dado todavía
las 2 de la mañana. Lo tenían bien cazado.
No tuvo la menor posibilidad de sobrevivir. Le dispararon
60 veces.
Si en Ciudad Juárez pueden matar sin ninguna
consecuencia al jefe de la Policía local, entonces
nadie está seguro. Los matones escaparon en dos
camionetas, según reportes de prensa. Sin embargo,
nadie tiene la mínima esperanza de que los vayan
a capturar. En México la mayoría de estos
crímenes quedan impunes.
Odio usar el cliché garcíamarqueziano,
pero esta muerte (como muchas otras en Ciudad Juárez)
estaba más que anunciada. Aquí han matado
a tantos policías que hasta hay un monumento
para ellos, el Monumento al PolicíaCaído
(localizado en una calle que lleva el nombre del cantante
Juan Gabriel).
Y fue ahí precisamente donde a finales de enero
apareció una cartulina con los nombres de los
policías que estaban en la mira de los narcos.
Román era el número uno en esa lista.
Fue asesinado 106 días después que anunciaran
su muerte. Otros han durado mucho menos.
La violencia que antes estaba limitada a ajustes de
cuentas entre narcotraficantes se ha extendido a toda
la población. Taxistas, turistas y transeúntes
han muerto recientemente sin deberla ni temerla. Estaban
en el lugar equivocado en el momento equivocado. El
problema es que Ciudad Juárez se ha convertido
en el lugar equivocado.
Lo que actualmente se está viviendo aquí
es una guerra entre el cartel de los Carrillo Fuentes,
que ha controlado durante toda una generación
el mercado de las drogas en esta frontera, contra el
cartel de Sinaloa (que busca otras rutas hacia el norte).
Y como si esto no fuera suficiente, el cartel del Golfo
ronda expectante ante la posibilidad de colarse en el
área. El conflicto tripartita se mide en ejecuciones
y muertos.
La verdad, aunque duela, es que ni el Gobierno del presidente
Felipe Calderón, ni los del estado de Chihuahua
y el de Ciudad Juárez controlan la situación.
El despliegue de miles de miembros del ejército
y de la Policíafederal es bienvenido pero no
ha sido suficiente.
“No podemos estar en todos lados”, me dijo
un Policíafederal, que llevaba dos meses destacado
en Ciudad Juárez, protegido con un chaleco antibalas
y un rifle cuyos proyectiles, según me explicó,
podían traspasar una pared a 1 kilómetro
de distancia. “No se va a poder erradicar la violencia”.
“Si ellos no nos disparan, nosotros no les disparamos”,
me confió otro de sus compañeros al referirse
a un especie de pacto con los narcotraficantes. Me quedé
con la impresión de que el ejército y
la Policíasólo estaban reaccionando a
un fenómeno que, claramente, los ha rebasado.
Leer El Diario o PM es como una maratón de nota
roja. Y no es que sus editores lo hagan para vender
más periódicos. Es la sangrienta y peligrosa
realidad que tienen que reportar todos los días.
Estos son unos titulares de un día común
y corriente: “Balean a madre en su día”,
“Muere otro en asalto”, “Le truenan
las metrallas frente a primaria”, “Trastoca
la violencia operación de hospitales” e
“Intensifican alerta roja por crímenes
contra policías”.
El Diario reporta que “ya son 17 los oficiales
de los diferentes cuerpos de seguridad que han sido
ejecutados en esta frontera en el 2008, en comparación
con los 14 que se registraron durante todo el 2007”.
Y eso que apenas es mayo.
Nadie lleva la cuenta completa de los muertos, pero
la agencia de prensa AFP calculó que en la última
semana hubo más de 100 asesinatos vinculados
al narcotráfico en todo México y, según
el Gobierno, alrededor de 1,000 en lo que va del 2008.
De continuar así, en menos de un año habrá
más mexicanos asesinados por el narco que soldados
norteamericanos muertos en los cinco años de
guerra en Irak.
Todos aquí tienen una historia que contar: el
vendedor de autos que vio cómo degollaban a su
vecino frente a la mirada atónita de su niña
de 4 años de edad; el taxista que escucha disparos
todas las noches en su ruta; los dos visitantes que
creen oír fuegos artificiales y poco después
se dan cuenta que se trataba de dos ejecuciones a una
cuadra de donde estaban.
La culpa, desde luego, no es sólo del lado mexicano.
La guerra de los carteles de la droga se da por el enorme
consumo en Estados Unidos.
“Si no hubiera consumo aquí (en Estados
Unidos)”, me dijo recientemente en una entrevista
la embajadora colombiana en Washington, Carolina Barco,
“tampoco habría producción y viceversa”.
Y ella lo sabe como pocos. México está
viviendo ahora lo que Colombia vivió en la década
de los noventa. Y la realidad es que México no
estaba preparado para enfrentar un reto de estas dimensiones.
México es un país de tránsito de
drogas hacia Estados Unidos. Y Ciudad Juárez,
con sus puentes y desierto, es el lugar perfecto para
tratar de meter drogas a Estados Unidos. Por eso se
lo pelean los carteles.
En esta ciudad, donde unas 400 mujeres han sido secuestradas,
violadas y asesinadas en los últimos 15 años
(y otras tantas siguen desaparecidas), hay un vacío
de autoridad que ahora llenan los narcos. La violencia
no se ha detenido. Y ahora toma nuevos cauces. Un militar
retirado será el nuevo jefe de la Policíaen
Juárez. A ver si así cambian las cosas.
Sé perfectamente que la gran mayoría de
los habitantes de Ciudad Juárez son pacíficos
y odian la violencia que les rodea. Muchos se quejaron
conmigo de la mala fama que tiene su ciudad. Pero hoy,
aunque lo sientan injusto, Juárez es vista desde
fuera como la ciudad de los muertos.
Jorge Ramos es ganador del premio
Emmy, autor de seis libros
y conductor del Noticiero Univision.
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