Las tropas celebran su regreso a casa
Por Bruce Chambers
The Orange County Register
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El
Sargento Bach Zavala, de 22 años de edad,
residente de Santa Ana, le da un beso a su novia
Fran Torres, de 19 años, después
de terminar un año de servicio militar
y llegar a la base del Ejército en Los
Alamitos.
(Bruce Chambers/The Register)
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05/23/08. El cielo nublado
no pudo disminuir el calor de los miembros de las familias
que se apiñaban en el asfalto de la base del
Ejército en Los Alamitos.
Las familias esperaban la llegada de hijos, hermanos
y padres mientras agitaban sus banderas y sus carteles.
Nathan Rivera, de 8 años de edad, tenía
dos molinetes en la cabeza que daban vueltas con el
viento. Esperaba que su padre, el sargento Martín
Rivera, llegara a casa. A las 10:30 del martes un gran
avión azul aterrizó con gritos de alegría
de la Compañía Delta, del primer batallón
de infantería 160. Los soldados llegaron a casa
después de pasar 12 meses en combate en Irak.
Las lágrimas le rodaban por la cara a Virgie
Wilkinson mientras miraba cómo se acercaba el
avión taxi a las familias.
“Ha sido tan difícil, es tan difícil
para las familias como para los soldados”, dijo
después de la ausencia de su hijo. Wilkinson
esperaba ansiosamente mientras la compañía
se formaba una última vez para recibir felicitaciones
de su comandante.
El capitán Juan Mora de Placentia elogio a sus
hombres y después dio la orden que todos esperaban
escuchar, “Dismissed” o “Pueden retirarse”.
Una torrente de soldados se apresuró, y las familias
se reunieron, los niños en los brazos de sus
padres, y entre la escena caótica el sargento
Bach Zavala, de Santa Ana, y su novia Fran Torres se
pararon quietos y se dieron un largo beso.
Bradley Warner, primer sargento y residente de Garden
Grove, se apresuró a encontrar a su familia y
miró por primera vez a Shannon Warner de seis
meses, su primera nieta. Shannon nació mientras
Warner estaba cumpliendo misiones en las peligrosas
carreteras de Irak.
Wilkinson encontró a su hijo entre la gente y
lo abrazó durante un largo rato. Lo soltó
para limpiarse las lágrimas mientras el sargento
Jason Wilkinson, de 22 años, le daba un beso
en la frente a su sobrino de ocho meses.
Llegaron a casa como héroes, recibieron estrellas
de bronce y otras medallas de reconocimiento por su
valor. Después de poco tiempo la multitud se
dispersó y fueron a sus autos, ignorando la recepción
que se había preparado. Tomados de la manos y
abrazando a los niños se fueron a casa para estar
con sus amigos y familia.
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